JOSÉ GUTIÉRREZ DE SAN MIGUEL DE PAZ / ANA BINI SESÉ.- Son las 13:30 del mediodía del domingo 10 de marzo de 2019. A esa misma hora, hace casi 25 años, los hermanos Echarte, Feliciano y Matías, ya habían decidido cuál sería el fatal destino de Juan José Mayora. Su amigo y vecino, Manuel Ariztia, lo mataría esa misma tarde al volver Mayora del paseo que recorría desde hacía ya un año con su amante y esposa de Feliciano, Nieves Daguerre.

Nosotros nos disponíamos a hacer los 53 kilómetros que, desde Pamplona, nos separaban de esta estremecedora historia. No sabíamos qué nos íbamos a encontrar. Los protagonistas de aquel negro anochecer del año 1994 eran oriundos de la pequeña aldea baztanesa de Garzáin, cerca de Elizondo, un idílico paraje aislado del mundo y salpicado de caseríos.

Confiando en estar preparados para cualquier cosa, arrancamos dirección Garzáin. Sabíamos que no sería fácil encontrar el lugar del crimen, pues nos encaminábamos a un lugar que no salía en Google Maps. ¿Podríamos llegar con el coche? Hacía quizá más de diez años que no manejábamos un mapa en papel. Pero esa tarde tocaba hacerlo, pues era la única opción que teníamos.

Javier Marrodán conduce de camino a Etxezuri, guiado por José G. de San Miguel. ANA BINI SESÉ

Llevábamos un documento con todos los datos que pudimos recoger sobre el lugar exacto. Sabíamos que el fatídico hecho había ocurrido mientras Nieves y Juan José caminaban desde el caserío Martintonea —casa de él— hacia el caserío Etxezuri—hogar de ella—. También sabíamos que Ariztia los esperaba con una escopeta de calibre 12, apostado en un árbol del paraje denominado Bahame.

Lupa sobre los hechos

Durante todo el trayecto, los componentes de la expedición habíamos estado comentando este misterioso caso. A mediados del año 1993, Juan José Mayora comenzó una relación amorosa con Nieves Daguerre que, dado el estado civil de ella, se desarrolló con mucha discreción. Sin embargo, a medida que el tiempo pasaba, la relación comenzó a trascender a terceros. La noticia sobre la aventura sentimental de Nieves llegó a oídos de su marido, Feliciano, y de su hermano Matías.

Los autores intelectuales del crimen, los hermanos Echarte, tenían un móvil evidente: su relación con la amante de la víctima, esposa y cuñada de ellos. La cuestión que no era tan sencilla de comprender era el motivo o el conjunto de ellos que habían impulsado a Manuel Ariztia a disparar a Mayora. Que guardaba una estrecha relación de amistad con Feliciano lo sabíamos, pero esa no parecía razón suficiente para asesinar a su vecino.

No fue hasta el año 2001, tras una investigación llevada a cabo por un detective privado contratado por la familia de la víctima, cuando se descubrieron las causas que habían empujado a Ariztia a apretar el gatillo de su escopeta. En aquel año se celebró el juicio que terminaría con los hermanos Echarte y con Manuel Ariztia en la cárcel, después de haber pasado siete desde el crimen. En él, se esclareció que el móvil del asesino era el odio hacia Mayora que había acumulado durante años. Esto se supo gracias a las declaraciones que los testigos hicieron sobre dos determinados sucesos.

Vista de Garzáin. JOSÉ G. DE SAN MIGUEL

El primero de ellos ocurrió en el bar de Garzáin, regentado en aquel momento por el propio Ariztia. Una de las tardes, el asesino se acercó a Mayora, quien se hallaba bailando con Mari Juana, esposa de Manuel y prima de la víctima, y le dijo que «le iba a dar un par de h*stias». El segundo hecho lo esclareció Nieves. En los días anteriores al asesinato, Daguerre se encontraba en el terreno de su familia cuando Ariztia se le acercó con intención de darle un beso, con ánimo libidinoso. Después de rechazarle, Daguerre salió corriendo del lugar, mientras Ariztia le gritaba: «No escapas de todos así».

Nuestro viaje continuaba, pero las indicaciones eran confusas. Esto se debía a que hay que desviarse antes de llegar a Garzáin, y atravesar el municipio colindante de Irurita, pese a considerarse el lugar de los hechos como parte de la primera localidad. Así lo hicimos, y guiados por el mapa llegamos a una bifurcación. Emocionados por la semejanza de las direcciones de los carteles con los nombres de los caseríos que buscábamos, escogimos nuestro camino y nos adentramos en una carretera rural de asfalto en mal estado. Ni siquiera los cinco kilómetros de baches y socavones pudieron evitar que, ilusionados, comparásemos los caseríos que se encontraban a ambos lados del carril con una imagen de aquel que alojaba a Nieves, tratando de identificarlo.

Una vez recorrida la distancia señalada por el mapa, decidimos detenernos para preguntar por la ubicación exacta del caserío Etxezuri, del que solo conocíamos su posición aproximada. Después de varias decenas de ovejas, encontramos por fin a un lugareño con el que pudimos hablar. Le consultamos con precaución, pues sabíamos que cuando ocurrieron los hechos, aquel 29 de mayo de 1994, nadie del pueblo había aportado información trascendente para la resolución del caso, a pesar de que todos parecían conocer quiénes eran los culpables.

Tramo final de la subida a Etxezuri. JOSÉ G. DE SAN MIGUEL

Tuvimos mucha suerte con nuestro interlocutor, porque no podríamos haber encontrado a nadie que nos hubiera atendido mejor. Aquel hombre resultó ser sobrino de la víctima. Nos explicó que lo único que nos separaba de Etxezuri era una empinada cuesta de cemento, que comenzaba justo en el lugar en el que habíamos estacionado el coche. Además, nos contó que Nieves continuaba residiendo allí, al igual que Feliciano, que había cumplido con su condena y se había reconciliado con su mujer.

Con las piernas temblando por la emoción y dándole vueltas a la cabeza sobre lo que nos acababan de decir, subimos decididos. Dejamos el coche aparcado en las inmediaciones del caserío y nos adentramos hasta la casa por un camino tierra. Después de llamar al timbre un par de veces, se asomó por una ventana situada a la derecha de la puerta una mujer ya mayor, con pelo canoso y piel desgastada. Le preguntamos por Nieves y Feliciano y nos contestó, con un castellano pobre, que no había nadie en casa, que se habían ido a trabajar.

Con ese mal sabor de boca de quien está a punto de lograr algo increíble y se queda a poco de conseguirlo, comenzamos a andar en dirección al coche. Tras girarnos, escuchamos a la señora que nos había atendido hablar con otra persona, aunque el contenido de la conversación no logramos entenderlo. No estaba sola. ¿Nos habría mentido y realmente sí estaban en casa Nieves y Feliciano? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que escuchamos ese diálogo y que había dos todoterrenos aparcados junto a la casa. Volveremos, Etxezuri. Aún tienes mucho que contarnos.

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